“Estaba en el club haciendo otra cosa y me llegué porque vi que se estaba jugando un partido”, se escuchó en alguna cancha de rugby de la provincia. No importa en qué club, ni una identificación precisa con nombre y apellido de la persona que la dijo. Lo que importa es que es una excusa, de esas que ingresan en el campo de la famosa “viveza criolla”. Contextualizando: mientras 30 jugadores protagonizaban un partido, alguien -y otros tantos también- miraban las acciones desde el costado de la cancha. Eso, con las restricciones vigentes, no está permitido.

Luego de meses de negociaciones y armado de protocolos, se determinó que deporte que volviera a tener competencia, se iba a practicar sin público presente para minimizar la circulación de personas. Sólo las necesarias, o mejor expresado, esencial para poder competir, debe estar presente. Que el espíritu competitivo del jugador no es el mismo, es verdad, pero que haya o no gente en las tribunas, aunque suene un poco odioso, hoy es extremadamente innecesario en cualquier deporte competitivo. Y no hay otra razón más que la pandemia.

Primero está la necesidad de cumplir con las medidas de salud que recomiendan los especialistas. Luego hay un motivo que compete a los que forman parte del mundo del deporte: muchos dependen económicamente, en gran medida, de la continuidad de la actividad. Y recién está la razón deportiva. Poco importa que se juegue bien y mejor, si una familia que requiere múltiples ingresos para llegar a fin de mes no lo puede hacer. Tampoco servirá un crecimiento deportivo si el sistema de salud desborda por el aumento de los casos de coronavirus.

Con esos tres argumentos, el sanitario, el de la economía y el deportivo, vale la pregunta: ¿es tan necesario para el simpatizante/hincha de un deporte recurrir a esa “viveza criolla”, a ese atajo que toma y que sólo beneficia a su espíritu? Que toda la sociedad está cansada de vivir con las imposiciones que genera la pandemia y que se necesitan espacios de rélax, nadie lo discute. Pero hay que entender que las cosas cambiaron, el mundo cambió y la transición indica que, en lo inmediato, presenciar un evento deportivo competitivo sólo porque sí, no es posible y hay que respetarlo porque, de lo contrario, se suspende por completo. Y en el futuro tampoco se podrá hacer. No al menos de las formas conocidas.

El pedido es constante por parte de las federaciones, clubes y, principalmente, por los deportistas que apelan a la responsabilidad de los de “afuera”.

Quizás sería mejor para el público aceptar la “nueva normalidad” y no generar más caos en una realidad caótica de por sí. Acomodarse. El streaming, vía internet, es una opción.

Habrá que plantearse qué es lo que queremos: la competencia deportiva en la “nueva normalidad”, antipática pero activa, o un ida y vuelta de aperturas y suspensiones gobernado por una curva de contagios que depende ampliamente del buen comportamiento de todos los integrantes del mundo deportivo, incluidos los espectadores.